La obra de Vanessa Springora reconstruye la relación que mantuvo con el escritor Gabriel Matzneff cuando tenía 14 años y cuestiona la idea de consentimiento en situaciones de desigualdad
Redacción/Belén Rivera Gutiérrez
Lunes 15 de junio de 2026 - 12:15

La editora y escritora francesa Vanessa Springora aborda en El consentimiento uno de los debates más complejos y dolorosos en torno al abuso, el poder y la responsabilidad social. La obra, escrita en primera persona, reconstruye la relación que mantuvo cuando tenía solo 14 años con el escritor Gabriel Matzneff, al que en el libro se refiere como “G.”.

Lejos de plantear un relato desde el victimismo, Springora construye una narración íntima, lúcida y profundamente crítica, en la que combina memoria personal y reflexión social. El eje central del libro gira en torno a una idea contundente: un menor no puede consentir libremente cuando existe una desigualdad tan abismal de edad, prestigio, influencia y poder.

Una crítica al silencio del entorno
La autora no solo dirige su mirada hacia Matzneff, sino también hacia el ambiente cultural que durante años normalizó y amparó comportamientos abusivos. Springora retrata una época en la que determinados intelectuales gozaban de una impunidad social y mediática difícil de comprender desde la sensibilidad actual.

El libro señala cómo el prestigio literario, la admiración pública y el silencio del entorno contribuyeron a sostener una situación de abuso. En ese contexto, la autora evidencia que el daño no procede únicamente del agresor, sino también de quienes miran hacia otro lado, justifican o permiten.

El mecanismo del depredador
El consentimiento describe con precisión el proceso de manipulación emocional: el halago inicial, la seducción intelectual, el aislamiento progresivo, la dependencia afectiva y la construcción de un relato que desplaza la responsabilidad hacia la víctima.

Springora muestra cómo la palabra “consentimiento” puede convertirse en una trampa cuando se aplica a una menor frente a un adulto con poder, experiencia y reconocimiento público. La obra desmonta así la falsa apariencia de libertad en una relación profundamente desigual.
 

Escribir como reparación
Para la autora, la escritura se convierte en un acto de reparación y recuperación de la voz propia. “Llevo muchos años dando vueltas en mi jaula, albergando sueños de asesinato y venganza. Hasta el día en que la solución se presenta ante mis ojos como una evidencia: atrapar al cazador en su propia trampa, encerrarlo en un libro”, escribe Springora.

Con esa decisión, la autora invierte la relación de poder: quien durante años fue convertida en personaje por otro recupera ahora el control de su historia y desmonta públicamente la narrativa de su agresor.

Una obra dura y necesaria
La lectura de El consentimiento resulta incómoda, dura y, por momentos, difícil de asumir. Pero precisamente ahí reside buena parte de su fuerza. El libro obliga a mirar de frente una realidad que durante demasiado tiempo fue tolerada bajo la excusa del arte, la provocación o la libertad intelectual.

Springora firma una obra que no solo interpela al lector, sino también a una sociedad que demasiadas veces ha confundido prestigio con impunidad. Un relato necesario para recordar que el abuso no siempre se esconde en los márgenes, sino que en ocasiones se instala en espacios admirados, protegidos y celebrados.
 

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