Barriga, sudor y Frigodedo frente al beach club de postureo
Manolo "Paredejas"
Sábado 29 de agosto de 2026 - 11:00
generica

He estado tres días en Cádiz. Tres días de estudio de campo, observación directa y fritura de pescado. Porque uno está jubilado, pero no deja de investigar. Otros se meten en bibliotecas; yo me siento frente al mar con una cerveza y analizo la sociedad.

Y después de esta intensa labor científica he llegado a una conclusión: si el chiringuito tradicional era nostalgia, ahora hay que decirlo claro, también es resistencia cultural.

Porque una cosa es sentarse en un beach club, con música electrónica suave, camarera impecable, carta con nombres en inglés y una sombrilla que parece diseñada por un arquitecto sueco; y otra muy distinta es llegar al chiringuito de siempre y que te atienda Manolo —otro Manolo, no yo—, barriga noble, camiseta pegada, sudor hasta en el pensamiento y una bandeja en la mano con más autoridad que el director de mi antiguo colegio.

Ahí está el verano verdadero.

«¿Desea disfrutar de una experiencia mediterránea?»
En el beach club te dicen:

—¿Desea disfrutar de una experiencia mediterránea?

Y uno ya empieza a preocuparse porque las experiencias, cuando vienen en la carta, suelen costar más de treinta euros.

En el chiringuito te sueltan:

—¿Qué vais a querer, criaturas, que se me enfría la plancha?

Y tú sabes que estás en casa, aunque hayas tenido que conducir tres horas y todavía lleves arena en sitios que no aparecen en los mapas.

El beach club tiene camas balinesas. El chiringuito tiene sillas de plástico que cojean, pero han visto más felicidad que muchos hoteles de cinco estrellas. Tú te sientas, la silla se inclina un poco y enseguida comprendes que aquello no es un defecto: es una prueba de equilibrio incluida en el precio.

El beach club tiene cócteles con humo, frutas exóticas y una ramita que nadie sabe si se bebe o se planta. El chiringuito tiene cerveza fría, tinto de verano y un Frigodedo para el niño, que termina comiéndose el padre «para que no se derrita».

Eso sí es sacrificio paternal.

El postureo y la verdad periodística
Y luego está el postureo. En el beach club nadie se mueve sin mirar antes si la luz favorece. Se brinda mirando al horizonte, se entra en el agua con dignidad editorial y se pide una ensalada que cuesta como una rueda del coche.

En el chiringuito, en cambio, uno se sienta como puede, pide espetos, calamares, cazón, tortillitas de camarones o lo que haya. Y si sale en una foto con la boca llena, pues mira, será verdad periodística. Peor sería salir fingiendo que te gusta una ensalada con tres hojas, media nuez y una salsa cuyo nombre necesita subtítulos.

No se trata de atacar al beach club. Tiene su público, su estética y su negocio. Yo mismo entré en uno para verlo de cerca, pero cuando vi el precio de las hamacas decidí contemplarlo desde fuera. Un maestro jubilado puede ser curioso, pero no temerario.

El chiringuito tiene algo que no se puede diseñar: memoria. Huele a verano antiguo, a familia, a toalla húmeda, a crema solar, a «niño, no te metas tan hondo» y a «este año no gastamos mucho».

Esta última frase dura exactamente hasta que alguien dice:

—¿Pedimos una fritura para compartir?

Y de repente aparecen la fritura, dos ensaladas, una ración de calamares, otra de puntillitas y tres postres con seis cucharas, porque compartir rebaja mucho el sentimiento de culpa, aunque no rebaje la cuenta.

Una patria con servilletero
Para muchos vecinos de Priego y la Subbética, el chiringuito sigue siendo parte del viaje sentimental a la costa. Da igual si es Málaga, Granada, Almería o Cádiz, donde he estado yo estos tres días dejándome la piel en esta investigación.

Uno baja buscando mar, pero también ese sitio donde no hay que aparentar. Donde el camarero te llama «jefe», «reina» o «mi arma» con una naturalidad que ya quisieran muchas campañas de marketing.

En Cádiz me llamaron «máquina». A mi edad, que te llamen máquina anima mucho, aunque solo estuviera pidiendo pan.

El beach club vende una versión mejorada de ti mismo. El chiringuito te acepta como llegas: con arena en los pies, la camiseta arrugada, el pelo imposible y la cartera temblando, pero todavía viva.

Y ahí gana.

Gana porque es menos perfecto y más nuestro. Porque el verano no siempre necesita pulserita, DJ y hamaca reservada. A veces basta una mesa junto al mar, una cerveza helada, un plato en el centro y un camarero sudando como si estuviera apagando un incendio, pero acordándose perfectamente de quién pidió el pan.

Ya he vuelto a mi esquinilla del Azahara, donde hay periódicos y por eso sé tanto. Después de tres días fuera, traigo la piel un poco más colorada, dos kilos de más y la certeza de que no necesito ninguna experiencia mediterránea. Experiencia la que tiene Nino en el Azahara, no se le pasa a quién le falta la tapa, y te recuerda siempre que Paco te ha dejado una pagada. ¡Dímelo antes, que por lo menos le diga gracias y hacemos la "conviá del cortijero"! Y a mucha honra.

A mí póngame una cerveza fría, una fritura para compartir y una silla de plástico que no cojee demasiado.

Y cuando caiga la tarde, sople la brisa y aparezca un Frigodedo medio derretido en la mano de un niño, el chiringuito volverá a demostrar que no es solamente un sitio donde comer.

Es una patria con servilletero.

Manuel Paredejas. Maestro jubilado y prieguense de secano.

Otras Noticias

Esta web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. Más información