OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
Ahora que no nos ve nadie
David Gámiz vuelve a asomarse a Priego para hablar de libros, tecnología, fútbol, recuerdos, gastronomía, viajes y de casi cualquier cosa que se ponga a tiro. Con humor, ironía, poca solemnidad y ninguna intención de sentar cátedra. Acciones disponibles
Viernes 25 de septiembre de 2026 - 19:15
Hola. Mi nombre es David y como sospecho que vamos a pasar algún que otro rato juntos por estos lares, quiero darte unos rasgos de mi personalidad y de mi trayectoria vital para que me vayas conociendo y decides si te quedas conmigo o te vas en busca de una serie de Netflix.
Yo nací un jueves 9 de julio de 1981, a las 13:45. Mi madre estaba haciendo cocido y a mí, por lo visto, me entraron las prisas por salir al mundo para probarlo.
No puedo demostrar científicamente que ambos acontecimientos estén relacionados, pero desde entonces el cocido es uno de mis platos favoritos. Eso sí: con sus costillas, su hueso de espinazo y su tocino puesto en pan, como Dios o en su defecto, el sentido común, manda. Si aquel día mi madre hubiera estado preparando uno de esos cocidos modernos con mucho apio, calabacín y aspecto de haber pasado por una consulta de nutrición, probablemente habría decidido quedarme dentro unas horas más.
Soy el menor de tres hermanos y, por tanto, la alegría de la casa. Evidentemente.
Mi madre, después de dos varones, quería una niña. Tanto la quería que ya tenía hasta el nombre preparado: Elisabeth. Debió de imaginar durante meses lacitos, vestidos y todas esas cosas que las madres de principios de los ochenta asociaban a tener una hija.
Y llegué yo: Antonio David. Con hambre, sin ver un cipote y con la dosis justa de vergüenza. Como veis, lo que viene siendo nacer con un pan debajo del brazo.
Vengo de una familia trabajadora, de esas en las que nadie hablaba de conciliación laboral porque bastante tenían con conciliar el trabajo con llegar a final de mes. Mi padre trabajó en el campo, fue talador de olivos y también anduvo en la obra. Mi madre ejercía de ama de casa y, cuando terminaba de ejercer de ama de casa —que debe de ser aproximadamente nunca—, arreglaba camisas para las confecciones de Priego.
Yo crecí en el barrio del Calvario, en el número 1 de la calle San Bernardo, que para mí sigue siendo la mejor calle del mundo y admito pocas alegaciones al respecto.
Tenía una ventaja extraordinaria: era un callejón sin salida. Al final había una cochera que todos los niños llamábamos el portón verde. Como vivíamos en el número 1, yo consideraba que toda la calle eran mis dominios. Mi reino comenzaba en la puerta de mi casa y terminaba en el portón verde. Aquella cochera era la frontera con el extranjero y, cuando jugábamos al fútbol, también la portería.
Entonces había muchos niños en las calles. Eran otros tiempos: todavía no habíamos descubierto que tener hijos era una actividad de riesgo económico y que para independizarse habría que esperar hasta una edad en la que nuestros padres ya estaban pensando en pagar la entrada de un nicho.
Yo era un niño bastante normal. Bueno, todo lo normal que puede ser un niño que no ve un pimiento, juega al fútbol y considera que posee una calle entera.
En 1985 ocurrió algo que comprendería mucho mejor con los años. Había que encontrar un colegio dispuesto a aceptar a un niño ciego y aquello, que hoy debería parecer una cuestión bastante elemental, entonces no debía de estar tan claro.
Hasta que apareció don Pedro Sobrados Mostajo, director del colegio Camacho Melendo.
Don Pedro tuvo los cojones de pensar que yo podía estar allí con los demás. Quizá creyó que tenía delante al Lamine Yamal de la época. Luego no llegué ni a Guti, pero aquel hombre tomó una decisión que terminaría condicionando buena parte de mi vida, porque entré en Camacho Melendo y allí fui sencillamente uno más.
Entre 1987 y 1992 tuve como maestra a mi seño Carmeli González. Ella y otros profesores aprendieron Braille para poder trabajar conmigo. No hicieron discursos sobre inclusión, ni organizaron jornadas para explicarse a sí mismos lo inclusivos que eran. Aprendieron Braille, me enseñaron y seguimos adelante.
Con Carmeli empecé a amar a los libros. Primero llegaron los cuentos. Después me fui metiendo en lugares bastante menos recomendables y acabé en las tinieblas de Edgar Allan Poe y Stephen King. Desde entonces he leído casi cualquier cosa. Hasta el Premio Planeta de este año; y mira que es malo.
De sexto a octavo, entre 1992 y 1995, apareció don Rafael Onieva, que descubrió que aquel cerebro mío podía utilizarse para algo más que pedirle a mi madre que echara otros pocos garbanzos en el plato.
Me enseñó a querer las matemáticas, los trucos del cálculo mental y el placer extraño de descubrir que detrás de muchas cosas existe un número esperando que alguien lo encuentre.
Quizá por eso terminé entendiendo que en la vida casi todo procede de algo que se puede contar, como esta historia.
En aquellos mismos años tuve como profesora de Lengua y Literatura a mi seño Loli Godoy, otra de esas maestras que recuerdo con especial cariño y que ayudaron a que aquella afición por leer acabara convirtiéndose en algo bastante más serio.
Aunque no siempre coincidíamos en el camino.
Ella, con toda la lógica de una profesora de Literatura y probablemente intentando hacer de mí una persona de provecho, se empeñaba en que leyera libros como Pepita Jiménez, de nuestro paisano Juan Valera. Yo, mientras tanto, andaba entusiasmado con Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza.
Imaginen la escena: mi seño Loli intentando conducirme hacia uno de los grandes nombres de nuestra literatura y yo escapándome por Barcelona detrás de un extraterrestre que buscaba a Marta Sánchez.
Aquello resumía bastante bien al lector que empezaba a ser: me gustaban los libros, muchísimo, pero ya comenzaba a sospechar que prefería llegar a ellos por mis propios caminos.
En 1995 llegué al instituto Fernando III el Santo. Allí hice tercero y cuarto de ESO y después el Bachillerato Tecnológico.
Fueron años bastante más complicados, porque el karma debió de pensar que con no ver un pimiento todavía me estaba tratando con excesiva consideración y decidió mandarme una crisis epiléptica cada dos por tres.
No os voy a engañar: aquello me jodió buena parte de la adolescencia.
Mientras mis amigos empezaban a contar que estaban tonteando con esta o con aquella, yo mantenía una relación mucho más estable con mi neurólogo. Era viejo, feo y sevillano. Ninguna de esas tres cosas habría tenido demasiada importancia por separado, pero escucharlo decirme:
—Esto te lo curo yo, mi arma.
le daba al asunto un aire difícil de explicar.
Hay que reconocer que el hombre tenía tesón y palabra, ya que en 2001 las crisis remitieron y recuperé mi vida.
Para entonces estaba terminando el Bachillerato Tecnológico, que había elegido fundamentalmente porque varias personas tuvieron la imprudencia de decirme que un ciego no podía estudiar aquello. Hay gente que encuentra su motivación en Paulo Coelho.
A mí me basta con que me digan "tú no puedes".
Lo saqué con más sufrimiento del estrictamente necesario, pero las victorias trabajadas saben mejor, si no, que nos lo digan después de ganar a Argentina este mundial.
Mi problema en aquel lejano 2001 era que había que decidir qué demonios hacía con mi vida.
Y entonces apareció otro prieguense ilustre, Francisco José Bermúdez Cañas, Bermu para quienes tenemos la dicha de conocerlo desde hace demasiados años. Ya estudiaba en Córdoba y me propuso que pasara unos días en su piso para conocer la ciudad.
Un jueves me llevó a Gran Vía Parque, que por entonces era uno de los lugares donde los universitarios acudían disciplinadamente a estudiar, perdón, a hacer botellón.
Vi tanta gente, tanto buen rollo, conocí a tantos chicos y, para qué vamos a engañarnos, sobre todo a tantas chicas, que comprendí inmediatamente que aquella ciudad poseía unas posibilidades académicas extraordinarias.
Después de unos años en los que mi vida había estado demasiado pendiente de médicos, crisis y limitaciones, aquella noche volví a sentirme simplemente uno más y supe que Córdoba era mi sitio, no solamente por el botellón, aunque tampoco vamos a despreciar ahora el método científico. Córdoba tenía una energía que me atrapó entonces y que me mantiene unido a ella más de veinte años después.
Finalmente estudié la Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas. Esta vez hice caso a Estrella Sánchez, mi maestra de la ONCE, y a don José Nieto, orientador del Fernando III el Santo, que llevaba cuatro años sin mandarme al carajo porque compartíamos una de esas pasiones que solo unen a las buenas personas: el Córdoba Club de Fútbol.
En la universidad fui un estudiante excepcional. Tanto, que para reforzar mis conocimientos procuraba examinarme dos veces de algunas asignaturas: una en junio y otra en septiembre.
Los dos primeros años viví en el Colegio Mayor Séneca. Allí recibí la formación integral propia de cualquier universitario de principios de siglo: estudié, hice amigos, viví novatadas y recibí instrucción militar, puesto que Aznar acababa de quitar la mili y los veteranos del colegio mayor debieron de detectar un peligroso vacío en la formación de la juventud española. Si el Estado había renunciado a convertirnos en hombres de provecho, ellos estaban dispuestos a asumir aquella responsabilidad histórica. Sobreviví.
Después vinieron más años, más amigos, más tropiezos de los que caben razonablemente en una presentación y finalmente terminé la carrera.
Porque una cosa he aprendido: yo puedo tardar más o menos, puedo equivocarme de camino, coger una curva por donde no era e incluso necesitar septiembre para reforzar conocimientos, pero tengo cierta dificultad para abandonar.
Entre 2007 y 2012 vendí el cupón en la plaza de las Tendillas de Córdoba. Era considerado un vendedor de lo más rentable, porque la única vez que tuve el cupón premiado, 10 cupones de 35000 euros, los devolví al sistema sin venderlos. Aún ando esperando que la ONCE me agasaje como mínimo con un jamón Joselito para recompensar mi hazaña.
Me casé y tuve a mi hija, Nayara, que afortunadamente ha heredado de mí el amor por la lectura, cierto interés por la gestión financiera y la pasión por el Córdoba CF.
No todo podía salir bien. Todavía estoy intentando convencerla de que las lentejas están bastante más buenas con chorizo que con verduras. Hay batallas educativas que un padre tiene la obligación moral de librar aunque sepa que puede perderlas.
En 2012 me divorcié y empezó también una etapa diferente en mi vida profesional. Ese año fui nombrado director de la ONCE en Antequera, responsabilidad que desempeñé hasta 2016.
En 2017 apareció una plaza de Instructor de Tiflotecnología y Braille en Málaga. Me presenté, la conseguí y allí sigo, enseñando a personas ciegas a utilizar la tecnología que les permite estudiar, trabajar, comunicarse y hacer todas esas cosas que hacemos los seres humanos, incluida la importantísima tarea de perder dos horas mirando gilipolleces en las redes sociales.
Al final resultó que aquel niño cuyos maestros tuvieron que aprender Braille para enseñarle terminó ganándose la vida enseñando Braille y tecnología a otros. La vida tiene estas cosas.
Y como todavía parecía quedarme tiempo libre, seguí escribiendo.
En 2015 publiqué el libro de relatos Sé que vendrás esta noche. En 2017 llegó Alunizajes y en 2018 el poemario Piel de gato.
Ahora ando metido en una novela cuyo protagonista tiene todavía menos vergüenza que yo, circunstancia que está dificultando considerablemente su educación.
En 2022 volví a casarme. Mis amigos, siempre atentos a mi bienestar y especialmente dispuestos a tocarme los cojones, me recordaron aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Yo, que siempre he procurado ser un hombre ejemplar, decidí demostrar que el refrán era cierto.
Hasta la presente estoy muy feliz, así que quizá el secreto no estuviera en evitar las piedras, sino en saber con cuál merece la pena tropezarse.
Y así, después de Córdoba, Antequera, Málaga, trabajos, libros, matrimonios, una hija, algún que otro septiembre universitario y más tropiezos que un señor con muletas en una carrera de obstáculos, resulta que vuelvo a asomarme a Priego, a mi manera, como Sinatra.
Porque uno puede marcharse de un pueblo y descubrir muchos años después que hay lugares de los que nunca termina de irse.
Sigo siendo aquel niño del número 1 de San Bernardo que consideraba toda la calle propiedad privada y sabía que el mundo terminaba en un portón verde. Solo que después descubrí que detrás del portón había más calles. Y Córdoba. Y Málaga. Y libros. Y trabajos. Y personas. Y unas cuantas hostias que tampoco venían en el programa.
Así que si os apetece, pasaré un ratito con vosotros en Priego Digital para hablar de todo eso y de algunas cosas más.
La sección se llamará Ahora que no nos ve nadie.
Sí. El que la escribe es ciego. No esperen demasiada sensatez a partir de aquí.
Hablaremos de recuerdos, tecnología, literatura, fútbol, dinero, viajes, costumbres, esas pequeñas chorradas que hemos aceptado como normales y cualquier otra cosa que se ponga a tiro. Algunas veces estaremos de acuerdo. Otras pensarán que no tengo ni puta idea.
Probablemente habrá ocasiones en que tengan razón.
No pretendo sentar cátedra. Para eso ya tenemos Facebook e Instagram, donde cada mañana aparecen cuatro millones de expertos nuevos antes del desayuno.
Yo solamente quiero observar, recordar, contar y, cuando se pueda, reírnos un poco de nosotros mismos.
Al fin y al cabo, quizá don Rafael tenía razón.
En la vida todo procede de algo que se puede contar y yo tengo mucho que contaros, ahora que no nos ve nadie.