OPINIÓN | La esquinilla del Azahara
Desde el viernes, Priego queda cerrado por feria
Unos se marchan a la playa, otros se preparan para las casetas y, si se te avería el coche, tendrás que pedir auxilio internacional en cualquier pueblo de los alrededores
Viernes 4 de septiembre de 2026 - 08:50
Desde el pasado viernes, Priego entró en ese periodo del año en el que intentar hacer una gestión tiene más dificultad que encontrar aparcamiento en el centro un lunes por la mañana.
Llega la Feria Real y casi todo el pueblo se coge vacaciones. Una parte se marcha a la playa y la otra coloca un cartel en la puerta: «Cerrado por descanso del personal». Y por feria. Y a saber si vengo descansado o necesito otra semana para cargar las pilas.
Lo del descanso es una manera elegante de decir que el personal está entrenando para acostarse más allá de las cinco de la mañana durante varios días seguidos.
Una prueba combinada: sombrilla, espetos y caseta
Aquí las vacaciones de feria se organizan con precisión militar. Primero, tres días de playa para ponerse moreno. Después, vuelta rápida a Priego, ducha, camisa blanca y directo a la feria para perder en una noche el descanso acumulado durante toda la semana. O en ocasiones incluso al revés, que septiembre dice siempre mi cuñado que es más barato.
Eso no son vacaciones. Eso es una prueba combinada: sombrilla, espetos y caseta. Y si el cuerpo pasa factura, las cábalas. No me tenía que haber comido el Frigodedo, las sardinas del último espeto tenían los ojos más saltones, siempre caigo en el vasito de vino con el barquillo, la última copa me sentó fatal, o seguramente fueron los churros.
Y es que el viernes comenzó la desbandada. Los coches salen cargados con maletas, neveras, flotadores, sombrillas, bolsas de patatas y comida suficiente para mantener a una familia aislada hasta Navidad. Luego llegan a la costa y compran hielo, agua, pan y media sandía porque resulta que se han dejado en casa lo único necesario.
Para muchas madres, estas vacaciones son algo así como cambiar su impoluta cocina por un espacio de uno por dos, con arena de playa, toallas amontonadas y un blíster de salami asomando por el cubo de la basura. Y no, no es teletrabajar, pero como si lo fuera.
«Manuel, hasta después de feria no vuelvo»
Mientras tanto, en Priego empiezan a bajar persianas.
La ferretería, cerrada.
El taller, cerrado.
La tienda, cerrada por las tardes.
El fontanero, en la playa.
Y el cuñado del fontanero, que también sabe algo de tuberías, se ha ido con él.
Yo lo sé porque una vez se me averió el coche precisamente durante esos días. Fui a mi taller habitual y estaba cerrado. Probé en otro y también. Llamé a un tercero y me respondió desde la playa, con tanto ruido de olas detrás que parecía que estaba arreglando un submarino.
—Manuel, hasta después de feria no vuelvo.
—¿Y qué hago con el coche?
—No lo cojas.
Una respuesta técnica, directa y sin cobrarme diagnóstico.
Al final tuve que buscar un mecánico en cualquier pueblo de los alrededores. Me vi recorriendo la comarca con el coche dando tirones y preguntando por talleres como quien busca un curandero:
—¿Aquí hay alguien que entienda de motores?
—Había uno, pero creemos que también se ha ido a la feria de Priego.
En estas fechas, una avería pequeña adquiere categoría de catástrofe doméstica. Se te rompe una persiana y pasas cinco días viviendo en penumbra. Se atasca el fregadero y acabas lavando los platos en una palangana. Necesitas una fotocopia y tienes que recorrer medio pueblo hasta encontrar una papelería abierta por un descuido del propietario.
Priego no cierra: cambia de actividad
Desde la esquinilla del Azahara lo observo todo. Allí hay periódicos, leo mucho y por eso sé tanto. Además, estoy jubilado, que es la única profesión en la que uno dispone de tiempo suficiente para comprobar quién se marcha, quién regresa y quién lleva cuatro días diciendo:
—Este año no pienso salir.
Ese es el primero que aparece en la feria.
El primer día va «solo a dar una vuelta». El segundo queda para cenar. El tercero está cantando abrazado a un antiguo compañero de colegio cuyo apellido no recuerda. Y el último ya propone organizar una comida para recuperarse del cansancio.
Porque Priego no cierra por vacaciones. Priego cambia de actividad. Los comercios bajan la persiana, pero las terrazas se llenan. Los talleres paran, pero los coches no dejan de circular. Unos se van a la playa y otros descansan por la mañana para cansarse por la noche.
Así que, en estos días, procuren no romper nada. No tengan averías, no pierdan las llaves, no atasquen tuberías y no dejen para última hora ningún recado importante.
Y si, pese a todo, necesitan un mecánico, un fontanero o un electricista, busquen en cualquier pueblo de los alrededores.
Aunque antes conviene llamar.
No vaya a ser que también estén en la feria de Priego.
Manuel Paredejas. Maestro jubilado y prieguense de secano.