Hubo un tiempo en que bastaban unos libros recién forrados, una bolsa de almendras, el primer fascículo de una colección imposible y saber que faltaba un poco menos para Navidad para sentir que la vida, de alguna manera, volvía a empezar
David Gámiz
Lunes 28 de septiembre de 2026 - 14:45

En Priego de Córdoba uno sabía que el verano empezaba a hacer las maletas cuando terminaba la Feria. Allá por el 5 de septiembre, mientras todavía quedaban restos de fiesta y hacía calor suficiente para seguir jurando que aquello no podía considerarse otoño ni con una orden ministerial, empezaban a aparecer señales inequívocas de que lo bueno se estaba acabando.

La más terrible llegaba por televisión: la vuelta al cole.

De pronto, los anuncios se llenaban de mochilas, estuches, bolígrafos, carpetas y niños sospechosamente felices por regresar a clase. Aquellos niños de los anuncios constituían uno de los mayores misterios de nuestra infancia. Estrenaban mochila y parecían haber recibido un apartamento en Torremolinos. A mí me daban una cartera nueva, sí, pero también me recordaban que dentro de unos días había que volver a madrugar, así que tampoco veía yo motivos para semejante entusiasmo.

El Corte Inglés tenía los famosos Corticoles, una especie de dinero que conseguías con las compras de la vuelta al cole y que luego podías gastar allí. Yo no entendía demasiado bien el sistema, pero aquello de tener una moneda llamada Corticoles me parecía maravilloso. España tenía pesetas, Estados Unidos dólares y El Corte Inglés, que siempre ha ido un paso por delante, tenía su propio sistema monetario.

Pero si había una señal inequívoca de que septiembre había llegado eran los coleccionables por fascículos.

Aquello era espectacular.

Con el mes de septiembre cualquier español podía convertirse, por entregas semanales, en historiador, mecánico, tarotista, marinero, naturalista, experto en la Segunda Guerra Mundial o constructor naval.

"Construya el galeón San Juan Nepomuceno".

Y allí estabas tú con el fascículo número uno, tres cuadernos, una pieza de madera de siete centímetros y la firme convicción de que para marzo tendrías atracado un buque de guerra en el salón de tu casa.

Había colecciones de todo. Aprende a echar las cartas del tarot, grandes conflictos de la historia, clásicos de la novela negra, minerales, coches, aviones, muñecas, trenes, sellos...

Si hubiéramos terminado todos los coleccionables que empezamos los españoles en aquellos años, hoy tendríamos una población formada exclusivamente por ingenieros navales, geólogos, historiadores y videntes.

Yo también caí, naturalmente.

Tuve la colección de películas basadas en las obras de Stephen King, porque ya entonces me gustaba pasar miedo voluntariamente; coleccioné los clásicos de uno de mis grandes ídolos, Mario Moreno "Cantinflas", y tuve también una colección maravillosa de barajas de cartas que venían acompañadas de explicaciones sobre distintos juegos.

Aquello sí que era cultura general. Lo mismo aprendías a jugar una partida que descubrías una baraja napolitana. Hoy sigo sin saber para qué necesitaba yo tantas barajas, pero durante una temporada debí de tener material suficiente para montar un casino clandestino en Priego.

Y mientras la televisión nos anunciaba todo aquello, el verano iba retirándose poco a poco.

No de golpe. En Priego septiembre todavía podía darte una bofetada de calor a las cuatro de la tarde. Pero las noches empezaban a refrescar, los días se hacían más cortos y algunas tardes traían ese olor que yo siempre he asociado al otoño: olor a tierra, a humedad, a lluvia que todavía no ha caído pero que parece venir de camino.

Entonces empezaba el colegio.

Y recuerdo una costumbre de aquellos años que ahora me parece preciosa: los libros circulaban.

Los que había utilizado un hermano pasaban al siguiente. Los que ya no servían en una casa acababan en otra. Se prestaban, se heredaban, se intercambiaban. Y no lo llamábamos economía circular, sostenibilidad, reutilización de recursos educativos ni consumo responsable.

Se llamaba: "No compres ese libro, que creo que lo tiene fulanito del año pasado".

Y punto.

Recuerdo a mis hermanos forrando libros prestados y borrando cuidadosamente con una goma las anotaciones a lápiz de su anterior propietario. A veces aquel desconocido te había dejado resuelto medio curso. Otras veces descubrías que había escrito una barbaridad junto a la fotografía de algún personaje histórico y comprendías que aquel libro había tenido una vida anterior bastante más interesante que la tuya.

Era una forma sencilla de ayudarse. Sin campañas, sin hashtags y sin que nadie necesitara hacerse una fotografía entregándole el libro al vecino para demostrar públicamente que era buena persona.

Septiembre traía también el fútbol.

Empezaba la Liga.

En septiembre.

Concepto revolucionario.

Uno terminaba las vacaciones y comenzaba el campeonato. Fácil de memorizar. No como ahora, que la Liga empieza cuando todavía estás buscando sitio para poner la sombrilla y los partidos se juegan un viernes a las nueve, un sábado a las dos y cuarto, un lunes a las diez menos tres y, como sigamos así, un miércoles a las 4:17 de la madrugada porque el algoritmo de programación de la NASA ha determinado que es el horario óptimo para el mercado asiático.

Pero en Priego el otoño tenía otros calendarios.

Empezaban las almendras.

Muchas veces los niños de la calle nos sentábamos en mi patio a quitarles aquella piel exterior verde que envolvía la cáscara dura. Nosotros no sabíamos que aquello tenía nombres botánicos. Nosotros "pelábamos almendras", que era bastante más sencillo y permitía terminar la faena antes de que alguien pronunciara la palabra mesocarpio.

Y llegaban también las primeras aceitunas.

Recuerdo a mi abuela y a mi madre preparando las más tempranas. Las aceitunas majás, aliñadas y esperando pacientemente a coger sabor. Y aquellas otras curadas con sosa que eran mi perdición.

Uno podía saber en qué estación del año estaba sin consultar ninguna aplicación. Bastaba con mirar lo que había encima de la mesa.

También regresaban los programas de televisión después del verano. Volvían las temporadas del Un, dos, tres y, ya entrando en los noventa, llegaron No te rías, que es peor, con Pedro Reyes, Marianico el Corto, Barragán y compañía. Y algunos años después, cuando ya éramos algo mayores y acostarse tarde empezaba a formar parte de nuestros derechos adquiridos, apareció Pepe Navarro diciendo aquello de Esta noche cruzamos el Mississippi.

Y lo cruzábamos.

Aunque al día siguiente hubiera colegio.

Especialmente si al día siguiente había colegio.

Ahora pienso en aquellos otoños y me doy cuenta de que tenían algo que entonces no sabíamos apreciar.

Todo parecía anunciar otra cosa.

La Feria anunciaba septiembre. Septiembre anunciaba el colegio. El colegio anunciaba el otoño. El otoño traía las almendras y las aceitunas, los primeros días frescos, las tardes cada vez más cortas, la televisión recuperando sus programas y el fútbol ocupando otra vez los fines de semana.

Y al fondo, todavía lejos pero perfectamente visible para un niño, estaba la Navidad.

Porque para nosotros el tiempo no se medía tanto en meses como en ilusiones.

Después del verano venía el colegio. Después empezaba a hacer frío. Luego llegaba el puente de diciembre. Y después...

Navidad.

No sé si los niños de ahora sentirán algo parecido. Seguramente tendrán sus propias señales, sus propias costumbres y recuerdos que dentro de treinta años les harán sonreír. Cada generación termina echando de menos cosas que, mientras las vivía, le parecían absolutamente normales.

Nosotros tampoco sabíamos que estábamos construyendo nostalgia.

Simplemente vivíamos.

Pelábamos almendras en un patio, heredábamos un libro lleno de anotaciones, empezábamos un coleccionable que jamás terminaríamos, esperábamos el comienzo de la Liga, comíamos aceitunas recién aliñadas y mirábamos cómo las tardes se iban haciendo un poquito más pequeñas.

Y sin darnos cuenta fuimos creciendo.

Otoño tras otoño.

Esperando siempre la siguiente cosa buena.

Quizá por eso recuerdo aquellos años con tanto cariño. Porque nuestras ilusiones podían ser pequeñas, pero ocupaban muchísimo sitio.

Y porque hubo un tiempo en que bastaban unos libros recién forrados, una bolsa de almendras, el primer fascículo de una colección imposible y saber que faltaba un poco menos para Navidad para sentir que la vida, de alguna manera, volvía a empezar.

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