Farolillos de melón, gachas, castañas y antiguos rituales conviven con disfraces y calabazas en los pueblos cordobeses.
Redacción/Priego Digital
Jueves 29 de octubre de 2026 - 10:00

Mucho antes de que los escaparates se llenaran de telarañas artificiales, esqueletos de plástico y calabazas naranjas, los niños de Priego de Córdoba y de otros pueblos de la Subbética ya salían a la calle con unas inquietantes caras iluminadas. No estaban hechas de calabaza, sino de melón. Y tampoco habían aprendido la costumbre en una película estadounidense. Era algo que habían visto hacer a sus padres y abuelos.

En las casas se preparaban gachas, se asaban castañas y se contaban historias sobre las ánimas. Los cementerios se llenaban de flores y visitas familiares, mientras que en las calles todavía resonaban antiguas coplas vinculadas al recuerdo de los difuntos.

Aquellas costumbres formaban parte de los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, celebrados el 1 y el 2 de noviembre, respectivamente. Algunas han desaparecido de la vida cotidiana; otras sobreviven gracias a la memoria familiar y al trabajo de asociaciones y colectivos que se resisten a dejarlas caer en el olvido.

Hoy, las mismas fechas se llenan también de disfraces, fiestas de terror y niños que llaman a las puertas pidiendo caramelos. Halloween ha encontrado un lugar en las celebraciones de nuestros pueblos, especialmente entre los más jóvenes.

Sin embargo, basta recorrer algunas localidades de la Subbética para descubrir que muchas de las costumbres que ahora asociamos con la fiesta estadounidense ya tenían aquí sus propias versiones.

Cuando las calabazas eran melones
Una de las tradiciones más llamativas es la elaboración de farolillos de melón.

En Priego de Córdoba, como en otros municipios andaluces, se utilizaban melones de temporada, a menudo aquellos que no se destinaban al consumo, para confeccionar pequeñas linternas.

Se cortaba la parte superior del fruto, se vaciaba su interior y se practicaban agujeros con diferentes formas. Algunas veces eran dibujos geométricos; otras, estrellas, lunas o rostros que adquirían un aspecto inquietante cuando se introducía una pequeña luz.

Antiguamente se utilizaba un recipiente con aceite y una mecha de algodón, aunque posteriormente se generalizó el empleo de velas y, más recientemente, luces artificiales.

Para muchos niños, aquellos faroles eran uno de los entretenimientos más esperados de estas fechas. Se elaboraban en casa, con ayuda de los mayores, y se llevaban por las calles cuando llegaba la noche.

No se trataba de una costumbre exclusiva de Priego. También está documentada en localidades cordobesas como Jauja, Monturque, La Rambla o San Sebastián de los Ballesteros, además de diferentes municipios de Granada y Sevilla.

En Carcabuey se conserva una tradición muy parecida, aunque vinculada a otra fecha: el Día de San Miguel, a finales de septiembre. Allí, los farolillos de melón forman parte de un recorrido popular en el que participan niños, padres y abuelos.

La semejanza con las calabazas de Halloween resulta evidente, pero eso no significa que la costumbre andaluza proceda de la fiesta estadounidense. La elaboración de estos faroles tiene su propia trayectoria en el patrimonio popular de nuestra tierra.

Este año, Priego recuperará nuevamente los farolillos de melón dentro de su Semana de Ánimas, con un taller que regresará al barrio de la Villa coincidiendo con la celebración de la Villa Velada, el 31 de octubre.

Las gachas que se comían y las que protegían las casas
Si hay un plato que identifica estas fechas en buena parte de los pueblos cordobeses, son las gachas.

Elaboradas tradicionalmente con harina, leche o agua, aceite de oliva, azúcar y matalahúva, forman parte de una cocina familiar ligada a los productos disponibles en cada época del año.

Según las recetas y costumbres locales, se acompañan de tostones de pan, canela, frutos secos o miel.

Pero su importancia durante la víspera de Todos los Santos iba más allá de la gastronomía.

En localidades próximas a Priego se conserva el recuerdo de una costumbre según la cual los niños utilizaban restos de gachas para tapar las cerraduras de las puertas.

La explicación popular era que, de esa manera, se impedía que las ánimas entrasen en las viviendas durante la noche.

Aquella travesura mezclaba humor infantil, creencias populares y un cierto temor hacia lo desconocido. La cerradura, que comunicaba el interior de la casa con el mundo exterior, se convertía simbólicamente en una posible puerta de entrada para los espíritus.

Una de las localidades que mejor ha conservado esta tradición es Castil de Campos, entidad local autónoma perteneciente a Priego de Córdoba.

Allí, la Noche de las Gachas se recuperó como celebración colectiva y ha mantenido una importante dimensión social y solidaria.

La Asociación de Vecinos de Castil de Campos ha desempeñado un papel fundamental en su organización, reuniendo a vecinos y visitantes para compartir el postre tradicional y destinar parte de la recaudación a iniciativas benéficas.

La fiesta permite mantener viva una receta, pero también recuperar una forma de convivencia que durante generaciones tuvo como escenario las cocinas y las reuniones familiares.

Los Hermanos de la Aurora y el recuerdo de las ánimas
Priego conserva una manifestación cultural especialmente vinculada al recuerdo de los difuntos: los Cantos de Ánimas de los Hermanos de la Aurora.

La tradición musical de esta hermandad forma parte de la identidad local desde hace siglos y constituye una de las expresiones más singulares del patrimonio cultural prieguense.

Sus coplas, interpretadas tradicionalmente durante la madrugada, mantienen una estrecha relación con la religiosidad popular y la transmisión oral.

Frente al carácter festivo que predomina en otras actividades de estas fechas, los Cantos de Ánimas conservan un sentido de recogimiento y memoria.

La madrugada del 31 de octubre al 1 de noviembre, los Hermanos de la Aurora volverán a interpretar estas composiciones en la capilla del Cementerio de Santo Cristo, dentro de la VII Semana de Ánimas.

Esta tradición, reconocida como Bien de Interés Cultural, ofrece una perspectiva muy diferente de las celebraciones actuales: la música como forma de recordar a los fallecidos y mantener un vínculo con quienes nos precedieron.

El hecho de que continúe practicándose demuestra que el patrimonio no siempre se encuentra dentro de un museo. A veces permanece vivo porque hay personas que siguen cantando las mismas coplas que escucharon a sus mayores.

De las visitas al cementerio a las nuevas celebraciones
Durante mucho tiempo, Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos estuvieron asociados principalmente a las visitas al cementerio.

Las familias acudían a limpiar las sepulturas, colocar flores y recordar a sus seres queridos. Era una tradición vinculada a la religión, pero también a la vida familiar y a la relación de cada pueblo con su propia historia.

Los cementerios constituían espacios de reunión y memoria colectiva, donde las generaciones más jóvenes podían conocer historias de sus antepasados.

Esa costumbre continúa muy presente en la Subbética, aunque ahora comparte calendario con actividades culturales y de ocio que utilizan el misterio, las leyendas y la muerte como elementos narrativos.

Priego es un buen ejemplo de esa transformación.

La VII Semana de Ánimas, que se celebra hasta el 7 de noviembre, combina las visitas al Cementerio de Santo Cristo con talleres de farolillos, actuaciones musicales, conferencias y una programación específica dedicada a la novela negra.

El barrio de la Villa adquiere especial protagonismo durante la Villa Velada, cuando sus calles se iluminan y decoran de una forma diferente.

La Hermandad de la Caridad participa mediante la venta de buñuelos, castañas y dulces tradicionales, recuperando sabores asociados a estas fechas.

La celebración consigue así reunir elementos antiguos y propuestas actuales sin que unos tengan necesariamente que sustituir a los otros.

Monturque, donde el cementerio también cuenta la historia
A pocos kilómetros de la Subbética, en la Campiña Sur cordobesa, Monturque ofrece otro ejemplo de cómo la memoria de los difuntos puede convertirse en una actividad cultural.

La localidad celebra desde hace años las Jornadas Mundamortis, dedicadas al patrimonio funerario, la historia y las costumbres relacionadas con la muerte.

Uno de sus principales atractivos es el Cementerio de San Rafael, bajo el que se conservan unas importantes cisternas romanas.

Este conjunto patrimonial permite acercarse a diferentes épocas de la historia y conocer cómo han evolucionado los lugares y rituales funerarios.

La edición de 2026, que se desarrollará del 30 de octubre al 2 de noviembre, incluye visitas teatralizadas, talleres de farolillos de melón, actividades musicales y recreaciones históricas.

Entre las propuestas figura una recreación de las costumbres funerarias de la antigua Roma, además de visitas nocturnas al cementerio.

La iniciativa demuestra que estas fechas pueden abordarse desde la historia, el turismo cultural y la divulgación, sin perder su vínculo con la memoria de los fallecidos.

Halloween también ha llegado a nuestros pueblos
Mientras algunas localidades recuperan sus antiguas costumbres, Halloween se ha convertido en una celebración habitual en colegios, establecimientos comerciales y espacios culturales.

En Lucena, el Ayuntamiento ha programado este año un cuentacuentos de Halloween el 29 de octubre y una Noche del Terror el 31 en el Castillo del Moral.

El recinto histórico se transformará así en escenario de una actividad relacionada con el misterio y el entretenimiento.

En ediciones anteriores, localidades como Rute, Iznájar, Benamejí, Encinas Reales o Zuheros también han organizado desfiles, talleres infantiles, concursos de disfraces o espectáculos de terror.

Para muchos niños, Halloween representa principalmente una ocasión para disfrazarse, reunirse con amigos y participar en actividades lúdicas.

Su presencia en España se ha extendido durante las últimas décadas gracias al cine, las series de televisión, las redes sociales y la actividad comercial que rodea a la celebración.

Pero conviene recordar que Halloween tampoco apareció de la nada.

Su nombre procede de la expresión inglesa “All Hallows' Eve”, que significa víspera de Todos los Santos. Sus antecedentes incluyen tradiciones de Irlanda y otras regiones de influencia celta, posteriormente transformadas a lo largo de los siglos.

La celebración que hoy conocemos, con disfraces, caramelos y grandes calabazas iluminadas, adquirió buena parte de sus características actuales en Estados Unidos, desde donde se ha difundido internacionalmente.

De alguna manera, las dos tradiciones han desarrollado formas diferentes de relacionarse con un mismo asunto: el paso del tiempo, la muerte y el recuerdo de quienes ya no están.

¿Estamos perdiendo nuestras costumbres?
La cuestión no parece estar tanto en que los niños se disfracen de brujas o esqueletos como en si conocen las tradiciones que existían antes en sus propios pueblos.

Un farolillo de melón puede resultar tan divertido de elaborar como una calabaza de Halloween. Una historia sobre ánimas contada por un abuelo puede despertar tanta curiosidad como cualquier relato de terror. Y preparar gachas en familia permite transmitir conocimientos que difícilmente se aprenden de otra manera.

Sin embargo, estas costumbres necesitan algo que ninguna celebración puede comprar: personas dispuestas a enseñarlas.

Cuando desaparecen quienes saben elaborar los faroles, cantar las coplas o preparar determinadas recetas, se pierde también una parte de la historia cotidiana de cada localidad.

Por eso tienen importancia iniciativas como la Semana de Ánimas de Priego, la Noche de las Gachas de Castil de Campos o las actividades culturales de Monturque.

No se trata de convertir las tradiciones en piezas intocables ni de exigir que todos los vecinos vivan estas fechas de la misma manera.

Las fiestas populares han cambiado siempre, incorporando elementos nuevos y abandonando otros. Halloween puede convivir perfectamente con Todos los Santos, del mismo modo que las actividades infantiles pueden compartir espacio con las celebraciones religiosas y el recuerdo familiar.

El problema aparece cuando una tradición importada termina siendo conocida por todos mientras que las costumbres propias apenas sobreviven en los recuerdos de las personas mayores.

El verdadero valor de una tradición
La Subbética tiene una manera propia de vivir los últimos días de octubre y los primeros de noviembre.

Está en las gachas de Castil de Campos, en los faroles de melón de Priego y Carcabuey, en las coplas de los Hermanos de la Aurora y en las flores que cada año vuelven a los cementerios.

También está en las familias que se reúnen, en las recetas que pasan de madres a hijos y en las historias que todavía se cuentan alrededor de una mesa.

Nada impide que, unas horas después, esos mismos niños se disfracen para celebrar Halloween.

Quizá la mejor manera de conservar nuestras tradiciones no sea enfrentarlas a las nuevas, sino procurar que las generaciones que vienen sepan que existían mucho antes de que las calabazas de plástico llegaran a los escaparates.

Porque, cuando todavía no habíamos oído hablar del truco o trato, aquí ya teníamos nuestros propios misterios, nuestras leyendas y nuestros pequeños rituales para recibir la noche de las ánimas.

Y, en lugar de calabazas, encendíamos melones.

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