OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
Las guerras que no salen en los telediarios
Ahora que no nos ve nadie | Divorcios, herencias, socios y amistades rotas: sobre nuestra asombrosa facilidad para convertir un problema entre dos personas en una movilización general
Viernes 2 de octubre de 2026 - 09:10
En estos últimos años se habla mucho de guerras. Si enciendes la televisión, pones la radio o entras en internet, probablemente te encuentres con algún conflicto entre dos o más países ocupando los titulares. Normalmente las guerras empiezan con una invasión, una frontera, un señor vestido de uniforme que parece tener la verdad absoluta y un puñado de inocentes que sufren por cosas que se les escapan y que, en la mayoría de los casos, no tienen nada que ver con ellos.
Como yo no soy reportero de guerra —por no ser, no soy ni periodista siquiera—, hoy quiero hablaros de otras guerras. De esas de las que seguro también habéis oído hablar o en las que, con un poco de mala suerte, incluso habéis terminado formando parte.
Comienzan en una cocina, en el despacho de un abogado, alrededor de una mesa de Navidad o en un grupo de WhatsApp que una mañana amanece con dos miembros menos y un silencio que podría cortar el protagonista de la matanza de Texas con su motosierra.
Estas guerras no salen en los telediarios. No hay corresponsales enviados al frente ni mapas con flechas rojas explicando el avance de las tropas. Pero también tienen trincheras, desertores, espías, territorios ocupados y daños colaterales, sobre todo daños colaterales.
Estas batallas suelen empezar con apenas dos contendientes. Parece poca cosa, pero curiosamente, los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para convertir un problema entre dos personas en una guerra civil donde acaba movilizado hasta el cuñado de Cuenca.
Pensemos en un divorcio. Dos personas deciden que hasta aquí hemos llegado. Perfecto. A veces incluso es la decisión más sensata que pueden tomar. Se acabó el amor, la convivencia se hizo imposible o, sencillamente, aquellos dos que un día se prometieron envejecer juntos han descubierto que, si siguen otros veinte años compartiendo cuarto de baño, uno de ellos terminará envejeciendo en prisión. Hasta ahí, asunto suyo.
El problema empieza cuando llega la movilización general, porque resulta que ella tenía un hermano y él tenía otro. Y los dos hermanos se conocieron gracias a aquel matrimonio, se hicieron amigos y llevan quince años yendo juntos al fútbol, jugando al pádel o tomando café los viernes.
¿Qué hacemos ahora? ¿También tienen que divorciarse ellos? ¿Hay que proceder al reparto de amistades ante notario?
—Tú te quedas con Manolo, yo con Javi y al matrimonio de Fran y Araceli lo vemos en fines de semana alternos.
Parece una estupidez hasta que ocurre.
De pronto alguien espera que demuestres tu lealtad dejando de hablar con una persona que jamás te ha hecho nada. Y, si no lo haces, aparece una de las frases más miserables que existen en estas guerras:
"Pues ya veo de qué lado estás".
Quizá de ninguno. Quizá resulta que no quiero un lado. Quizá te quiero a ti y también quiero a esa otra persona, y vuestro conflicto, por grave que sea, no debería obligarme a amputarme media vida para demostrarte fidelidad.
Mucho peor es cuando hay hijos. Entonces la guerra deja de ser ridícula para convertirse en cruel. Porque hay adultos capaces de utilizar a un niño como correo diplomático, arma arrojadiza, espía y hasta tribunal de apelación.
"Dile a tu padre…"
"Pregúntale a tu madre…"
"Cuando seas mayor entenderás…"
No, hombre, no. Cuando sea mayor quizá lo que entienda es que durante algunos años las dos personas que más quería en el mundo estuvieron tan ocupadas intentando hacerse daño que no se dieron cuenta de que los proyectiles le estaban cayendo encima.
Y esto no sucede solamente en las parejas.
Imagina una familia en la que muere un padre y deja tres hijos. Hay una casa, unas tierras, unos ahorros, quizá un negocio familiar y, escondida en algún cajón, la posibilidad de que todo salte por los aires.
Dos hermanos discuten por la herencia. Uno considera que aquello es suyo porque cuidó más a los padres. El otro sostiene que la ley dice otra cosa. Aparecen abogados, escrituras, conversaciones de hace veinte años que cada cual recuerda convenientemente a su manera y aquella frase pronunciada por el padre en 2004 mientras se comía una chuleta en La Barbacoa adquiere de pronto rango de disposición testamentaria.
Pero queda un tercer hermano. El pobre desgraciado que no está peleado con ninguno. ¿También tiene que elegir? Si invita a uno a su casa, ¿traiciona al otro? Si celebra la Nochebuena con ambos, ¿tiene que poner una línea de cinta aislante atravesando la mesa y desplegar cascos azules entre la fuente de langostinos y el jamón?
Hay familias que han terminado destruidas por una propiedad cuyo valor, repartido entre todos, apenas compensaba lo que después se gastaron en abogados. Y hay algo todavía más caro que los abogados: los años. Esos no los devuelve ningún juez.
Las amistades tampoco se libran.
Piensa en una pandilla formada durante veinte años por cuatro o cinco matrimonios. Viajes juntos. Cumpleaños. Barbacoas. Hijos que han crecido casi como primos. Hasta que un día la mujer de uno y el marido de otra se enamoran.
Magnífico. Ya tenemos Sarajevo.
No entro siquiera en quién engañó a quién, cuándo empezó aquello ni quién tiene razones para sentirse traicionado. Ese es otro asunto. Mi pregunta es qué coño hacen los demás, porque ahora hay que organizar una cena y aquello parece la Conferencia de Yalta.
"Si vienen ellos, nosotros no vamos". Si invitas a aquella, este se enfada. Si sigues hablando con el nuevo matrimonio, alguien interpreta que estás legitimando la infidelidad. Y si continúas viendo a las exparejas, los nuevos amantes sospechan que perteneces a la resistencia.
Al final, por una historia entre cuatro personas, doce terminan reorganizando su agenda, seis dejan de hablarse y el grupo de WhatsApp "Amigos para siempre" acaba siendo una de las bromas más negras de la historia contemporánea.
También ocurre en las empresas. Me vienen a la cabeza dos socios que fundan juntos un negocio y terminan enfrentados. Uno se marcha y monta una compañía competidora. Hasta ahí, cosas del capitalismo y de esa hermosa institución llamada sociedad mercantil, que a veces dura menos que un matrimonio en un reality.
El problema vuelve a ser la tropa. Trabajadores que llevaban diez años tratando con ambos empiezan a recibir preguntas.
"¿Has hablado con él?"
"¿Te ha llamado?"
"¿Qué te ha contado?"
Un proveedor descubre que seguir vendiendo al antiguo socio puede considerarse una declaración de guerra. Un cliente que solo quería comprar tornillos acaba teniendo que manejar una crisis diplomática. Empleados que apreciaban profesionalmente a los dos descubren que conservar una relación cordial con quien se marchó despierta sospechas en quien se quedó.
Y hay versiones más pequeñas de la misma historia por todas partes. Dos amigos montan una asociación y acaban sin poder verse. Dos vecinos discuten y media comunidad tiene que posicionarse sobre quién empezó. Dos miembros de un club se enfrentan y el resto descubre que hasta tomarse un café con la persona equivocada puede convertirse en alta traición.
Tenemos una facilidad asombrosa para reclutar soldados, tal vez porque tener razón no nos basta. Necesitamos testigos. Necesitamos aliados. Necesitamos comprobar que los demás también consideran al otro tan cabrón como nosotros lo consideramos.
Aunque reclutar tiene sus riesgos, porque uno puede empezar una guerra convencido de que, en cuanto explique su versión, los amigos acudirán en formación, la familia cerrará filas y hasta el camarero del bar dejará de ponerle tapa al enemigo. Y luego resulta que no. Resulta que la gente escucha, mira, recuerda, saca sus propias conclusiones y a veces ocurre algo que el aspirante a general no había previsto: cuanto más insiste en que los demás elijan bando, menos ganas tienen los demás de elegir el suyo.
Porque hay personas que soportan bastante bien que les cuentes tus problemas, incluso durante meses, pero llevan mucho peor que les entregues una lista de personas con las que pueden o no pueden relacionarse. Una cosa es pedir apoyo y otra repartir uniformes.
De hecho, algunas guerras personales producen una paradoja curiosa: quien más se esfuerza por aislar al contrario termina aislándose a sí mismo. No necesariamente porque el otro tenga razón. Ni siquiera porque caiga mejor. A veces ocurre simplemente porque llega un momento en que los demás se cansan de tener que demostrar continuamente de qué lado están.
Y entonces el reclutador descubre una de esas pequeñas crueldades de la vida: había convocado un ejército y la tropa ha decidido irse a tomar cerveza sin él.
Y quizá ahí esté la parte que menos queremos reconocer. Cuando alguien nos hace daño, no siempre buscamos únicamente consuelo. A veces buscamos adhesiones. Queremos que quien nos escucha confirme nuestra versión, comparta nuestra indignación y, si puede ser, retire también el saludo al enemigo.
Pero querer a alguien no debería exigirnos heredar sus odios. Uno puede escuchar a un amigo que acaba de divorciarse sin divorciarse también de su exmujer. Puede comprender el dolor de un hermano sin convertir al otro en enemigo. Puede consolar a alguien traicionado sin participar después en una operación de exterminio social contra quien le hizo daño.
Y también deberíamos aprender algo cuando nos toca estar en medio, porque quedarse en medio es incómodo, muchísimo.
Los bandos desconfían de quien no lleva uniforme. Para uno eres tibio; para el otro, sospechoso. Si escuchas a ambos, equidistante. Si intentas reconciliarlos, ingenuo. Y si decides que no quieres saber absolutamente nada del asunto, probablemente acabes siendo un cabrón para los dos.
Pues quizá haya veces en que ser ese cabrón sea la única postura sensata.
Naturalmente, hay límites. Hay violencia, abusos y comportamientos tan graves que no permiten refugiarse cómodamente en un "yo no me meto". No hablo de eso. Hablo de nuestras guerras corrientes: de orgullo, de dinero, de divorcios, de negocios, de herencias, de amistades rotas o de aquel comentario que uno hizo hace ocho años y que el otro conserva en la memoria con la misma precisión con la que Francia conserva el Tratado de Versalles.
Ahí convendría recordar que una cosa es apoyar a una persona y otra muy distinta incorporarse a su ejército. Porque además ocurre algo curioso: algunas guerras terminan.
Un día aquellos dos hermanos que llevaban cinco años sin hablarse se reconcilian. Los divorciados consiguen por fin tratarse con normalidad. Los socios llegan a un acuerdo. Los amigos se encuentran, se toman una cerveza y deciden que ya está bien.
Y entonces puede suceder algo maravilloso: que ellos hagan las paces y tú continúes peleado, porque durante la guerra dijiste cosas, tomaste partido, rompiste relaciones y quemaste puentes que ni siquiera eran tuyos.
Los generales firman el armisticio y la tropa se queda allí, en mitad del campo, preguntándose qué demonios hace ahora con el fusil.
A lo mejor por eso, ahora que no nos ve nadie, podríamos reconocer una cosa: todos hemos sentido alguna vez la tentación de reclutar a los nuestros. Yo también. Cuando nos hacen daño queremos que quienes nos quieren se indignen con nosotros. Es humano. Pero querer bien a alguien quizá consista también en no pedirle eso, en dejarle conservar sus afectos, sus amistades y sus propios juicios. En comprender que puede estar a nuestro lado sin ponerse enfrente de nadie.
Hay guerras que son inevitables. Lo que no es inevitable es que cada vez que dos personas se declaren una, tengamos que mandar a imprimir las cartas de reclutamiento.