OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
Me temo que no voy a hacerme influencer
En mi caso, soy de actividades más de andar por casa, con que alguien me diga que nos tomemos una cerveza en el Tomasín ya me tiene buscando un BlaBlaCar para ir a Priego
Viernes 9 de octubre de 2026 - 18:00
Hace unos días un conocido con el que coincidí a la hora del desayuno me dijo: «David, te veo muy activo últimamente en Facebook. ¿Qué pasa, que te vas a hacer influencer?» Me reí, naturalmente. Pero luego me quedé pensando.
¿Influencer yo? No sé. Creo que no doy el perfil.
Para empezar, tengo unos cuantos kilos de más, detalle que se la repampinfla tanto a mi autoestima como a mi báscula. Un influencer, por lo que veo, no puede permitirse semejante abandono espiritual. Tiene entrenador personal, nutricionista, reloj que le cuenta los pasos y una aplicación que le avisa de que lleva cuarenta minutos sentado. Yo llevo cuarenta minutos sentado y, si estoy a gusto, mi intención es llegar a los ochenta.
Tampoco voy al gimnasio a hacer burpees, hip thrust, mountain climbers ni nada que suene a maniobra de los Marines para invadir Venezuela. Mi actividad deportiva consiste fundamentalmente en seguir al Córdoba, que este año ya proporciona suficiente ejercicio cardiovascular sin necesidad de pagar una cuota mensual. Y ahí tenemos otro problema. No sé cuántos influencers habrá del Córdoba, pero tienen que ser pocos. Para influir como Dios manda uno debería ser del Madrid, del Barça o, como mínimo, de algún equipo inglés cuyo estadio tenga nombre de compañía aérea. Ser del Córdoba no da glamour. Da paciencia. Y últimamente ni eso: da una mala leche horrorosa.
Mis posibilidades de triunfar en las redes tampoco mejoran cuando abro la boca. Paso bastante de las modas lingüísticas que nuestros gobernantes, gobernantas y demás autoridades competentes deciden que debemos seguir. Tengo la corrección política permanentemente en modo avión y todavía digo algunas cosas utilizando las mismas palabras con las que las aprendí.
Eso, en internet, tiene sus riesgos. Hay gente que un martes se acuesta siendo una persona respetable y el miércoles descubre que casi todo el país ha decidido dejar de hablarle porque alguien ha encontrado una frase que escribió en Facebook en la navidad de 2009 después de media botella de Rioja. Yo, que llevo escribiendo barbaridades desde bastante antes, debo de tener material suficiente para varias cancelaciones y una comisión de investigación.
Con aficiones como la música tampoco parece que tenga mucho futuro. Os ilustro esta apreciación con una frase que puede reducir mis lectores en un 75 %:
Creo que Bad Bunny es a la música lo que una verruga con pelos a un concurso de belleza.
Ya sé que tiene millones de seguidores. También los mosquitos llevan millones de años siguiéndonos y picándonos y nadie les ha dado un Grammy, aunque con el tiempo cualquiera sabe....
Y si para ser influencer hay que empezar el día como mandan los cánones, tampoco pasaría de la primera comida.
Un influencer no desayuna. Vive una experiencia nutricional. Se levanta y se prepara un bol de açaí ecológico con semillas de chía, kéfir artesanal, crema de cacahuete orgánica, frutos rojos, proteína de guisante y unas virutas de alguna cosa recogida al amanecer por una tribu del Amazonas.
Yo soy bastante más primitivo. A mí me ponen delante media tostada con aceite de oliva de ese verde, espeso, sin filtrar, que huele a almazara, le añaden un poco de jamón cortado a cuchillo y ya pueden ahorrarse el viaje a Bali. He tocado el paraíso y encima tengo la posibilidad de pedir la otra media.
Con semejante sofisticación, comprenderéis que mi agenda social tampoco necesite la gestión de una secretaria o un equipo de community managers.
Yo no podría vivir con tanto ajetreo: hoy inauguración, mañana evento, pasado colaboración con una marca y el sábado escapada a Ibiza con otros catorce seres humanos guapísimos que, casualmente, llevan todos las mismas gafas de sol.
En mi caso, soy de actividades más de andar por casa, con que alguien me diga que nos tomemos una cerveza en el Tomasín ya me tiene buscando un BlaBlaCar para ir a Priego.
Hay otra cosa que me incapacita seriamente para este oficio: me gusta desaparecer.
De mí conocéis mis escritos, mis recuerdos, mis opiniones, mis cabreos y algunas de mis muchas gilipolleces. Y seguramente, con el tiempo, conoceréis unas cuantas más.
Pero cuando cierro la puerta de mi casa, mi vida es mía y de los míos.
Eso debe de ser incompatible con un oficio en el que parece obligatorio documentarlo todo. Si un influencer viaja, lo cuenta. Si come, fotografía el plato antes de tocarlo. Si se enamora, publica una foto. Si se desenamora, publica una frase misteriosa sobre cerrar ciclos. Si se va de vacaciones, sabemos dónde duerme, dónde desayuna, qué piscina tiene el hotel y hasta qué vistas contempla mientras reflexiona sobre la importancia de vivir el presente.
Yo no necesito fotografiar una cena para disfrutarla, ni contar dónde estoy para pasarlo bien, ni demostrar que soy feliz para serlo. Hay momentos que no necesitan público. Es más: algunos empiezan a ser verdaderamente buenos precisamente cuando no hay ninguno.
Aunque quizá el dato definitivo para descartar mi carrera como influencer sea el económico.
Un influencer cobra por influir. Yo escribo gratis. Mal negocio, ahora que lo pienso. Así que aprovecho para darle las gracias a Antonio Sobrados por dejarme entrar de vez en cuando en esta casa, sentarme un rato con vosotros y compartir estas cosas. Él pone el periódico, vosotros ponéis el tiempo y yo pongo las tonterías. Económicamente el modelo presenta algunas deficiencias, pero de momento Hacienda no ha mostrado interés.
Y todavía suspendería otra asignatura fundamental del oficio: los seguidores.
Se supone que un influencer sabe cuántos tiene, cuántos ha ganado esta semana, qué publicación ha funcionado mejor, a qué hora debe publicar y en qué párrafo exactamente la gente se cansa y deja de leer.
Yo no tengo ni idea.
No miro quién me sigue ni llevo la cuenta. Publico algo porque me apetece escribirlo y, cuando alguien se toma la molestia de dejarme un comentario, procuro contestarle. No porque sea una estrategia de engagement mira, otra palabra que tampoco necesito, sino porque si alguien ha empleado cinco minutos de su vida en leerme, qué menos que emplear yo uno en darle las gracias.
Así que no, amigo mío.
Me temo que no voy a hacerme influencer.
Seguramente tenga más barriga y menos cartera que muchos de ellos. No tengo abdominales que enseñar, códigos de descuento que ofrecer ni una vida tan fascinante como para retransmitirla en directo.
Pero me tengo a mí mismo, tengo a los míos y, de vez en cuando, tengo también este ratito con vosotros.
Y si mientras habéis leído estas líneas se os ha escapado una sonrisa, aunque haya sido pequeña, ya me doy por pagado.