OPINIÓN | Ahora que no nos ve nadie
El valor del silencio
No porque sea ausencia de ruido, sino porque muchas veces es la forma más sencilla de decirle a otra persona: «sé que estás aquí y te respeto»
Martes 13 de octubre de 2026 - 21:46
Antes pensaba que con el paso de los años me estaba volviendo más gruñón y maniático. Pero cada vez que hablo de este tema con amigos, familiares o compañeros, descubro que muchos tienen la misma sensación: parece que estamos perdiendo algo tan sencillo y tan valioso como el respeto por el silencio y por quienes nos rodean.
No hablo de vivir en una biblioteca ni de aspirar a un mundo sin ruido. La vida suena. Suenan los niños jugando, las conversaciones, las risas, los coches, las ciudades. Todo eso forma parte de la convivencia. Lo que me preocupa es otra cosa: la creciente costumbre de actuar como si los demás no existieran.
Veo a personas caminando por la calle con altavoces portátiles o con el móvil reproduciendo música a todo volumen, como si todos tuviéramos que compartir obligatoriamente su banda sonora. Hace unos días, mi mujer estaba esperando una consulta médica y una persona decidió poner reguetón a todo volumen en la sala de espera. Un centro de salud. Un lugar donde había gente enferma, nerviosa o simplemente esperando tranquilamente su turno. Y allí estaba la música sonando sin que a nadie pareciera importarle.
Lo mismo ocurre con quienes ven vídeos en redes sociales sin auriculares en cafeterías, trenes o salas de espera. O quienes mantienen videollamadas enteras en altavoz en el transporte público, convirtiendo un espacio compartido en una extensión de su salón. O esos conductores cuya música se escucha desde varias calles más allá, como si el volumen fuese una competición.
Y luego está el ruido que se cuela en nuestras propias casas. Vecinos que arrastran muebles a cualquier hora, puertas que se golpean constantemente, actividades ruidosas que parecen realizadas sin la menor conciencia de que detrás de una pared hay otras personas intentando descansar, trabajar o simplemente vivir en paz.
Tampoco puedo evitar pensar en algunas situaciones que veo en bares y restaurantes. Padres que dejan a sus hijos correr entre las mesas, gritar, invadir el espacio de otros clientes o convertir el local en un parque improvisado mientras ellos continúan tranquilamente su conversación. No es una crítica a los niños, que al fin y al cabo están aprendiendo. La pregunta es si los adultos seguimos enseñando que compartir un espacio implica tener en cuenta a quienes lo comparten contigo.
Y ahí es donde creo que está el verdadero problema. No es una cuestión de ruido. Es una cuestión de consideración.
¿En qué momento dejamos de entender que el silencio también es una forma de respeto?
¿En qué momento empezamos a confundir libertad con hacer exactamente lo que nos apetece, sin importar cómo afecta a los demás?
Porque convivir no consiste únicamente en ejercer nuestros derechos. También implica asumir pequeñas responsabilidades cotidianas. Ponerse unos auriculares. Bajar un poco el volumen. Evitar una llamada en altavoz. Recordar a un niño dónde está. Pensar durante unos segundos si aquello que vamos a hacer puede molestar a quien tenemos al lado.
Quizás no sea un problema de mala educación en el sentido clásico. Tal vez sea una pérdida progresiva de empatía. O quizá nos hemos acostumbrado tanto a ser el centro de nuestra propia atención que olvidamos que compartimos el mundo con millones de personas que también tienen necesidades, preocupaciones y derecho a la tranquilidad.
No creo que la solución pase por más normas, más carteles o más prohibiciones. Creo que pasa por recuperar algo mucho más simple: la conciencia de que no estamos solos.
Porque hay una gran diferencia entre vivir y convivir. Vivir puede hacerlo cualquiera. Convivir exige pensar en los demás.
Y quizá el silencio tenga más valor del que creemos. No porque sea ausencia de ruido, sino porque muchas veces es la forma más sencilla de decirle a otra persona: «sé que estás aquí y te respeto».
¿Qué opináis vosotros?
¿También tenéis la sensación de que cada vez se respeta menos el silencio y los espacios compartidos?
¿Creéis que es un problema de educación, de empatía o simplemente de los tiempos que vivimos?
¿Qué pequeños cambios podrían ayudarnos a convivir mejor entre todos?